miércoles 23 de diciembre de 2009

bienvenido a sendai (por Borja Ares de la Serna)

Un tipo gracioso, de acento bien marcado, atendía la barra. Al poco de cruzar unas cuantas palabras con el apenas logró más que incomodarme. Parte por que no le entendía, parte por que no me interesaban. Afortunadamente no era tan estúpido como parecía y comprendió que su verborrea no era bien recibida, por lo que al poco se limitó a atender mi pedido y pasear por la barra bien dispuesto a servir a los pocos clientes y aún más a hacerles partícipes de sus jerigonzas. Tras unos breves minutos de pasear y frotar con el trapo la ya impoluta barra cerró la cuenta de una pareja que se marchaba, se recostó contra la cámara y adoptó un aire adusto que no parecía convincente con ese rostro. A través de sus gafas de montura naranja miraba al infinito como si tras esa pared estuviese oculto su mayor demonio. Podía ver como sus brazos peludos subían y bajaban sobre su pecho, enfundado en una camiseta negra, e incluso me pareció ver como la sigla japonesa impresa en su pecho saltaba al ritmo de su latir. Pese a todo no parecía nervioso.

Salió de su estupor y se dirigió al otro extremo de la barra como movido por un resorte en el momento exacto en el que un tipo melenudo, y casi tan alto como el propio camarero, asía el pomo de la puerta y se disponía a tirar. El recién llegado barrió con mirada aburrida el local y pronto ambos mantenían una animada conversación, parecía que se conocían. A mi espalda un tipo de aspecto extraño ojeaba un periódico con semblante inexpresivo. Vestía de negro de pies a cabeza y una espesa barba negra abrazaba su cara. Sus ojos pardos, casi negros, lucían opacos, inexpresivos, y parecían ser más los de un cadáver. Al notar mi nada disimulada forma de mirar levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Mis ojos, siempre brillantes, siempre vivos, chocaron con los suyos y al poco ese vacío me hizo sentir incómodo. Si el sentimiento fue mutuo nada en el lo hizo notar. Nadie más había en el bar.

Comenzaba a ponerme nervioso, ninguno de estos patanes parecía ser mi contacto y cada segundo en ese lugar era una vuelta más al garrote vil que amenazaba mis vértebras. Tal vez el tipo de negro... No, su aspecto era demasiado pretencioso, demasiado llamativo para ese lugar. Jugueteé con el zippo en mis manos un rato y de cuando en cuando dejaba que este me mostrase lo que hacía aquel hombre... Que no era más que sorber su café y ojear su diario. Me comenzó a parecer más un imbécil que trataba de dárselas de interesante que otra cosa. Esta idea hizo que un gélido latigazo recorriese mi espalda. No podía permitirme el lujo de confiarme y descartar a nadie, era una lección que tenía bien aprendida. En mi mundo tanto la confianza como el desprecio tienen un altísimo valor si no sabes prodigarlo a la persona adecuada.

El sudor comenzó a impregnar mis axilas y acariciarme la frente. Apuré de un sorbo lo que restaba de mi cerveza y al instante noté la mirada del camarero posada sobre mí, dispuesto a refrescar mi alma al más leve gesto. Observe como tiraba y servía mi Cruzcampo con diligencia y al poco volvía a conversar con el de las melenas que había permanecido observando el lugar sin interés. Esta vez hubo más cortesía que verborrea. Demasiado atento parecía el chico para ser un camarero normal, incluso cuando parecía absorto o distraído estaba al tanto de lo que ocurría en cada esquina de su local, y era demasiado joven para que esa experiencia se la hubiesen dado los años. Tal vez aquel tipo de pelo largo y mirada aburrida le estaba impidiendo ofrecerme el salvoconducto que tanto necesitaba. La única duda a estas alturas era si llegaría antes mi salvador o mi sicario, o lo que era peor, de los presentes cual era cual.

Casi lanzo volando el Zippo del sobresalto. Absorto en mis ideas había posado la mirada en la límpida superficie y di un tremendo respingo al ver el barbudo rostro posado en mí. Desde aquella plata me miraba directamente a los ojos con su inquietante frialdad. Me mantuve petrificado mientras el me sostenía la mirada unos instantes antes de regresar a su lectura. Me empecé a sentir mareado y comprendí que era imperativo que me calmase y comenzase a controlar la situación. Aquel bar comenzaba a dar vueltas y no conseguí sosegarme por mucho que lo intenté. Pese a todo traté de disimularlo tan bien como pude, al fin y al cabo todos jugábamos al mismo juego. Me mantuve alerta y atento a los tres presentes y al rato algo parecido a un estado de cordura comenzó a imperar en mi mente. La suerte no quiso que durase mucho. Nuevamente la imagen del encendedor me heló la sangre y lo que ocurrió en unos segundos se me antojo eterno.

Una vez más el tipo de las barbas me devolvía la mirada pero esta vez el periódico yacía sobre la mesa pulcramente doblado. Su mano derecha se dirigía con parsimonia al interior de su chaqueta de cuero negro mientras sujetaba la solapa con la izquierda. Antes de que pudiese reaccionar un ruido estruendoroso retumbó en aquellas paredes y el tipo de negro salió despedido hacía atrás y cayó al suelo aún sentado en su silla. Salté y me escondí tras la esquina de la barra a una velocidad que me sorprendió hasta a mi. Unos pasos comenzaron a repicar en la sala en dirección al muerto. Desde donde yo estaba tan solo podía verle a el, con su fría pupila clavada en mi. Un charco de sangre comenzó a extenderse lentamente alrededor de su tronco y cabeza. Los pasos cesaron y el hombre del pelo largo se detuvo junto al cadáver y me dirigió una mirada tan aburrida y desinteresada como la primera, mirada que sin cambiar de inflexión posó sobre el fiambre. En su mano derecha sostenía una pistola y tras ponerse en cuclillas usó su siniestra para explorar la solapa izquierda de la chaqueta. Ambas estaban enfundadas en guantes de goma, era sin duda un profesional. Un pequeño gesto de decepción surcó su cara cuando extrajo una cartera, aquél pobre idiota solo iba a pagar.

Tras arrojarla a un lado se puso en pié, giró sobre sus talones orientando el cuerpo hacia mi y miró a su izquierda, imagino que hacía donde estaba el camarero. Aproveché ese segundo para estudiar mis oportunidades. Frente a mi tenía la puerta del cuarto de baño pero este no tenía salida. Dos metros me separaban de aquél asesino por lo que tendría fácil coserme un par de balazos antes de que recorriese esa distancia para poder batirle en una lucha, si es que iba a ser capaz. No pude pensar más pues súbitamente giró la cabeza hacia mí y levantó su arma. Me sorprendió oír el disparo. Tenía entendido que la bala viajaba más deprisa que el sonido y este no era de los que te dejaban agonizando ni te daban oportunidad de reanimación. Su bala significaba una muerte instantánea. Una fuente de sangre se abrió de la sien derecha de mi ejecutor y restos de cerebro y cráneo salieron despedidos pegándose contra la pared. Cayó fulminado al instante.

Apoyando la pistola sobre la barra me tendió la mano y regaló una cálida sonrisa. Entre sus monturas naranjas los ojos de aquél hombre también me sonrieron mientras decía con tono cortés:

-Bienvenido a Sendai-

Borja Ares de la Serna

sábado 17 de octubre de 2009

box in B-W

Había suficiente luz, la cámara bien situada, ¿vergüenza? Sí, siempre.

Abrió su chaqueta, estaba empapada, la dejó sobre el lavabo.

Sus ojos se mantenían abiertos pero sabía que podría cerrarlos por horas.

No había nadie, sólo él. La música de la discoteca se colaba por la puerta entreabierta.

Se miró varias veces, no se equilibraba bien a sí mismo, casi no se podía enfocar. El alcohol comenzaba a pasar factura; estar de pie cada vez le costaba más, pero hizo un esfuerzo.

Por su cabeza pasaron todos; conocidos, amigos, amantes, familia. Poco importaba ya, estaba perdido.

Al disparar, una idea pasó como un rayo por su cabeza, “siempre tendría una cámara en sus manos, siempre miraría el mundo a través de ella”. Pocos segundos después, al notar la presencia de un hombre a su espalda, meando, ya lo había olvidado. Recogió su chaqueta, su mochila, y salió.

Como muchas noches, había vuelto a morir.

miércoles 12 de agosto de 2009

paradise

Se despertó masticando arena, la sangre ya no brotaba de su ceja, se había secado y solidificado formando una postilla. El mar se agitaba a su lado. Un padre se llevaba a su hijo corriendo, lo máximo que hizo fue tocarlo con el pié, con la suficiente fuerza como para despertarlo, después huía con su heredero para no darle malos ejemplos a tan temprana edad.

El aliento le apestaba a ron, y sólo tenía una pregunta en su cabeza, ¿Dónde cojones están mis llaves?

Casi sin poder abrir los ojos, con todo dando vueltas a su alrededor, contempló un nuevo día ante él, una nueva vida... Hasta su próxima borrachera, en la que volvería a perder el estilo, la decencia, la humanidad.

Es lo que tiene vivir en el paraíso.

sábado 2 de mayo de 2009

target

Preparar el equipo, encajar las piezas, limpiarlas previamente para que nada falle, para que el polvo no haga estragos a la hora de utilizar tu herramienta de trabajo.

Enroscar suavemente, hasta que suene un click, quitar el seguro, otro click, seleccionar el objetivo, ésto puede llegar a ser lo más difícil, o lo más fácil, si ya te han puesto previo aviso, o lo has seleccionado tu mismo, de quién o qué debe ser el que reciba el limpio disparo.

Las similitudes a veces son odiosas, ¿o puede que el adjetivo que busco sea "morbosas"?

sábado 7 de marzo de 2009

orchidaceae

La recibió con alegría, pero ya no era lo mismo, como esa flor, marchita estaba su relación desde que él decidió cruzar la línea del respeto, desde que la primera lágrima de sangre corrió de su boca.

Maldita sea... aun te quiero, fue lo único hermoso que el había dicho en mucho tiempo. De eso hacía dos semanas, desde entonces todo había vuelto a la horrenda normalidad, los golpes florecían como hongos en su femenina piel magullada.

Solo con mirar la orquídea ella sabía que todo fue una mentira, un espejismo de esa vida que podrían haber tenido.

Una hora mas tarde cuando su marido ya había regresado de la calle, su cuerpo repleto de moratones y bañado en un charco de sangre yacía en el suelo; la ventana abierta dejaba conocer la salida que él había tomado.